26 jul. 2020

Corte a: By Indian Post



El western y la comedia "de pastelazos" fueron los primeros géneros hollywoodenses, o por lo menos eso se vislumbra en algunos libros sobre la historia del cine, o como pudimos ver en una secuencia de los hermanos Taviani en su Good Morning Babylon (1987) o en las cientos de películas que realizaron Griffith, Porter o John Ford,  donde estos estilos eran los más replicados. En el caso de Ford, que para esos primeros años firmaba como Jack, son pocos los cortometrajes que sobrevivieron como por ejemplo By Indian Post, un western en el que sí bien hay caballos, indios, y uno que otro balazo, es más una historia de amor entre un joven vaquero y una bella joven, a la que su padre se opone. Un trabajo menor, que reside su valor en su supervivencia, más que a nivel artístico, narrativo o estilístico. De todas maneras hay que entender que muchos de estos trabajos se hacían por encargo, en muy pocas horas o días, y la inmediatez era lo esencial, es decir, estamos en la época de las películas de una o dos bobinas, que se sí bien se había separado de lo teatral, hasta ahora empezaba a probar su naciente lenguaje.  

De la película no hay mucho que decir, todavía está lejos de su Stagecoach (1939) y de ese reconocible estilo, del que siguen saliendo estudios, libros y análisis; By Indian...es más una curiosidad, que junto a otro cortometraje, sobrevivieron a esa época con la Universal y tipo de producción.  De todas formas, como documento histórico del cine, funciona.  

19 jul. 2020

Spellbound: Y los sueños.....me llevaron a ella


"Tengo una debilidad por los pasadizos secretos, las estanterías que se abren al silencio, las escaleras de caracol que descienden en una espiral y los escondrijos ocultos."                                                            
                                                                                                          Luis Buñuel  
Freud fue el primero que encontró en el inconsciente, ese nexo misterioso entre lo somático y lo psíquico, derivando en la interpretación de los sueños, que se puede entender como un acertijo gráfico o una serie de jeroglíficos que necesitan de un dispositivo, en el que más que traducir, se hace palpable de forma expresiva los sentimientos reprimidos de una persona(1), es como explica Chicharo (2009) el lenguaje onírico es una vía excepcional de expresión de deseos y objetivos, preocupaciones y obsesiones, recuerdos y reminiscencias, que no siempre podemos racionalizar(2), ideas a las que se sumó la pintura, el arte en general y obviamente el cine, tanto en sus vanguardias, como en su narrativa más convencional, como pudimos ver en Spellbound de Hitchcock, en la que, sueño, psicoanálisis e inconsciente nos narran la historia de un hombre atormentando por sus recuerdos olvidados.   El maestro del suspenso, estructura un largometraje con sus evidentes particularidades y estilo, en el que, sus provocativos encuadres, montaje innovador y perturbación argumental, nos acerca a una clínica psiquiátrica, en el que la confusión, el crimen y el misterio,  se resolverán de la forma más psicoanalítica posible. Hitchcock, pone en escena, un thriller en toda su expresión con una Ingrid Bergman y Gregory Peck, como protagonistas, al mejor estilo del Hollywood clásico.
  


Aunque el guión es de Angus McPhail y del célebre Ben Hecht, el "Shakespeare de Hollywood" (3), son evidentes las influencias del director británico; no sólo por los protagonistas, sino por la mismas conjeturas narrativa, en la que los traumas psicológicos, son una excusa para hablar de sexualidades reprimidas e interpretaciones pulsionales sobre el ethos y el eros, donde confluyen las ideas del director nacionalizado estadounidense -Hitchcock- y el artista español Salvador Dali, como se puede ver en las secuencias oníricas y su interacción paciente-médico. De todas formas, como en todo capítulo del cine clásico estadounidense, el amor prima sobre las complejidades de la trama, en la que la confusión, la falta de identidad y el crimen, van armando todo un cóctel de represiones, en el que Freud, se sentiría abrumado. La narración aunque lineal, está remarcada por la alternancia y el paralelismo de los sueños, además de los tópicos, algunas veces recargados del suspenso, pero que funcionan en su estructura y forma, principalmente al final del largometraje, donde se desenmascara el conflicto y complot mental.


   
George Barnes fue uno de esos directores de fotografía que colaboró con los más importantes directores, tanto del cine mudo como del Hollywood clásico; no sólo el manejo de la luz sino sus composiciones en blanco y negro funcionaron a la perfección con el estilo de Hitchcock; pero además, en este caso logra conjugar de manera efectiva  el "realismo" propio del clasicismo cinematográfico como los artificios surreales que diseñó Salvador Dali y  James Basevi, puso en escena. Aunque todo es trabajo en estudio, las secuencias de los sueños, son esencialmente, el punto más fuerte de este trabajo, que logran adentrarnos en la complejidad mental de Jhon Ballantyne, un  estupendo Gregory Peck; y esa cercana colaboración que tuvo el artista español con el cine más convencional -cabe recordar aquí su Destino con Walt Disney-, que como escribíamos líneas más arriba, fueron posibles gracias al trabajo en conjunto de Barnes -Basevi y Richard Johnston.

Otro punto a resaltar es la composición musical del Miklos Rozsa, sonidos que alternan la música de cámara, la extrañeza del theremin y los vientos, que hacen más evidentes la compleja psique del protagonista. Para destacar, la partitura que nos interna a los sueños de Ballantyne, y que como en otras obras, hará evidente la potencia del theremin, ese instrumento musical que en la ciencia ficción como en la locura, narra musicalmente.



Pero también hay que reconocer que esta película se sostiene gracias a la presencia de Ingrid Bergman y Gregory Peck, esos prototipos a los que siempre les dio protagonismo el director nacido en Leytonstone, porque más que buenas o malas actuaciones, lo que configuró el inglés junto al productor David O. Selznick, fue la esencia de un extraño star system de obsesiones y alteregos, que se roba la pantalla, y hace creíble lo inverosímil de Bergman como fría psicoanalítica y de un director clínico en plan Caligarilesco. Es decir, Zelnick-Hitchcok, sabían muy bien que el cine, son muchas sillas que llenar, y con estos actores no fallaron en su cometido.

Un gran trabajo, que tiene tanto lo mejor como lo peor del director inglés, pero con ese plus de los decorados de Dali, la bella sobriedad de Ingrid Bergman, el gran montaje de Hal C. Kern, y ese suspenso, del que siempre fue tan efectivo el señor Hitchcok.


Zoom in: Oscar a mejor música y nominada en varias categorías

Montaje Paralelo:  Secuencias oníricas -psicoanalistas 






Referencias

2 jul. 2020

At eternity´s gate: El Van Gogh de Julian Schnabel



"Cuánta belleza en el arte, con tal de poder retener lo que se ha visto. No se está nunca entonces sin trabajo ni verdaderamente solitario, jamás solo."

Si algo tiene la figura de Van Gogh, es que sigue siendo mítica, al día de hoy, su obra como su personalidad aún siguen siendo elementos de estudio, y las dos no se pueden desmarcar de lo que finalmente legó para el arte. Aunque la idea del autor atormentado, no nace con Van Gogh,  sí se establece como la figura central de este relato de dolor y rechazo, como lo fue la vida de este artista alcohólico, dependiente y mentalmente inestable, encarnado por el siempre sólido Willem Defoe, que no sólo asume las características del personaje  sino que complejiza mucho más a ese "loco del pelo rojo", como el título de la película de Minelli en el 57. El encargado de llevar esta nueva adaptación, es el artista y cineasta estadounidense Julian Schnabel, quien nuevamente reemplaza los pinceles por la cámara de cine, y como analogía, hace de los planos, unos trazados violentos, discontinuos, pero profundamente emotivos. El trabajo de Schnabel, tanto detrás de las cámaras, como del pincel, siempre ha sido motivo  de contradicciones y polémicas, sin embargo, quienes admiramos su obra como los que no, encuentran en ésta unos ecos biográficos, un evidente narcisismo y politización, elementos que no son ajenos a los artistas contemporáneos, o a la misma posmodernidad en el arte; y de los que el artista estadounidense, ha logrado sacar los mejores frutos.

Como ha pasado con sus anteriores largometrajes, éste, aunque ha pasado por los mejores festivales, recibido importantes nominaciones o premios, no tuvo el mismo consenso entre crítica y público, principalmente en su historia y el hecho de recabar nuevamente en la compleja relación de Van Gogh con su época, que era lo que Schnable, buscaba.


Escrita en conjunto por Jean- Claude Carriére, Louise Kugelberg y el propio Schnabel, en donde se profundiza en las etapas más importantes de los últimos años de Vincent Van Gogh, desmitificando -con ciertas licencias-, algunas ideas preconcebidas del artista holandés, como su suicidio, muerte en la miseria y profunda esquizofrenia. Pero más allá de las libertades que se toman los guionistas, Schnabel, le atribuye al pintor, no sólo lo indómito de su carácter sino la misma figura del creador, del genio incomprendido y en cierta forma, una realidad propia, es decir, un alterego para Schnabel, reflejado en la figura de Van Gogh; cabe anotar, que estas ideas, la muerte de Van Gohh y su relación con Theo, su hermano, vienen de nuevos hallazgos o descubrimientos, que sí bien, tampoco deberían afectar, ese relato que fue la vida del pintor posimpresionista, se acomoda mucho mejor a la visión del cineasta estadounidense.

Aunque estemos frente a un biopic al uso, es en la forma, donde mejor funciona esta obra, ya que Schnabel emula los trazos del artista con los movimientos de cámara, se acerca naturalmente a la febrilidad de Van Gogh, y es bastante asertivo a la hora de reconocer la complejidad del artista, que se funde con la naturaleza como parte de su ser e inspiración.     

  
Benoit Delhomme, es un director de fotografía que ha pasado por las filas de Tran Ahn Hung, Mike Figgis o en The Proposition de John Hillcot, con el que ganó un AACTA, con los cuales no solo ha explorado el manejo de la luz, sino del color; igualmente, al ser un experimentador por naturaleza, el fotógrafo francés se apropia de ciertos conceptos del arte y los traslada a las imágenes en movimiento, en este caso, la movilidad de la cámara como brochazos, y una división desenfocada como el sfumato renacentista, haciendo mucho más orgánico lo visual, que transita entre el naturalismo, el lirismo y los sentimientos del artista. También hay que reconocer, que desde lo técnico, el francés saca sus mejores cartas, tanto para la luz natural en exteriores, donde varía del ámbar, en la parte rural, como de la frialdad de la ciudad, en la que se ve más apocado el artista y su misma obra. 

Las tomas largas, generan diálogos trascendentes entre Van Gogh y Gauguin, pero en las escenas cortas, la música de Tatiana Lisovkaia, alimenta las sensaciones y frustraciones del artista, además del gran trabajo de edición, en el que participó el mismo Schnabel,y  Louis Kugelberg, que además de estar presente en el guión, es también la pareja del director.

Sin lugar a dudas, obras como ésta, necesitan de un gran trabajo de producción, tanto en su diseño, como en su dirección de arte y vestuario, en el que es efectivo el equipo Cressend/ Cavannon, que han trabajado en varias producciones nominadas o celebradas por crítica y público.  Es innegable, que Schnabel sabe escoger a su equipo de trabajo, cubriéndose no sólo de grandes profesionales, sino de cierta unidad familiar, que parece darle resultados.

  
Sin embargo, en donde todos concuerdan o por lo menos, donde ha recibido las mejores críticas y premios, radica en la actuación de Williem Defoe, quien más que parecerse al pintor, emula de la mejor manera la tragedia de éste; es decir, el característico y expresivo rostro del actor, acá se ve apocado, disminuido, al igual que muchos de los autorretratos de Van Gogh, en los que la tristeza impregna al cuadro. Defoe, no sólo estudió el carácter del artista sino que lo llevó a esa nostalgia del hombre derrotado por la época y la sociedad, como lo vemos en la secuencia en la que habla con el sacerdote interpretado por Mads Mikelssen, los cambios de humor en el campo, y obviamente esa relación entre lo filial y obsesivo con su hermano y con Paul Gauguin (un interesante Oscar Isaac).   

Van Gogh, es la paradoja del artista, que en vida no conoció el éxito, pero tras su muerte, se volvió en icono no sólo del arte sino de la bohemia; paradoja del hombre errante, equivocado de época, pero también, un hombre afectado por sus debilidades, demonios internos y traumas, que siguen alimentando a esa leyenda, en la que los girasoles brumosos y noches estrelladas, se siguen admirando; de ahí, es de donde se agarra Schnabel, y afortunadamente, para los que nos gustó este trabajo, le da personalidad, a lo que sería un frío biopic. Alejado de la didáctica, propia de este tipo de películas, se agradece ese punto tan personal del director, que hace de Van Gogh, un alterego, para su éxito y crítica.  Una obra para volver a ver,  y admirar.    

Zoom in: Estrenada en el Festival de Venecia.
Nominada a León de Oro en Venecia, ganadora en la categoría a mejor director y actor principal. 

Montaje Paralelo:  Pintores - Van Gogh 











27 jun. 2020

Black Moon:o el unicornio de Malle

                   "Creo que sí, estás demente. Pero te diré un secreto:                                                las mejores personas lo están"
Aunque del director Louis Malle, hemos visto un par de obras,  no es precisamente un director memorable para este blog, no solo tengo vagos recuerdos de Ascensor para el Cadalso (1957), sino que Pretty Baby (1978), más allá de la polémica, tampoco me pareció del otro del mundo; aún así, técnica o formalmente, se reconocían obras de gran calidad, cosa que no llega a suceder con su extraña asimilación de los cuentos infantiles  y la guerra de los sexos, que es El Unicornio, o Black Moon, como se titula originalmente. Malle, que no fue ajeno a la polémica: política, sexual y a la censura, siempre fue un autor pulido y con un gran equipo técnico que lograron imprimir sus ideas cinematográficas. Pero lo anterior no sucede con El Unicornio, obra surrealista y fantasiosa, en el que la Alicia de Caroll se queda en la figura de Cathryn Harrison, en medio de una guerra, literalmente de los sexos, con una puesta en escena tan pobre como ridícula.  

Aunque se le puede dar el beneficio de la duda al director francés, ya que ésta, fue una película atípica en su filmografia, y que el guión, fue firmado a varias manos, incluyendo a una de las nueras de Buñuel (Joyce), al propio Malle y al director artístico Ghislain Uhry, más como un ejercicio artístico que narrativo, que de todas formas, falla en su cometido.



La película nos presenta a Lilly (Cathryn Harrison), una adolescente, que escapando a una guerra mundial entre hombres y mujeres, termina entrando a una casa tan excéntrica como fantasiosa, en la que los unicornios gordos y vulgares, los ancianos con cuerpos de bebe, y los árboles que sangran son parte del decorado. Con obvias referencias al Alicia en el país de las maravillas, a los cuentos infantiles, las mitologías, y la irracionalidad del surrealismo, se debate este cuento, que juega de mala forma a una fantasía freudiana, de eros y tanatos, con una mala puesta en escena.

Porque Black Moon, más que una película rara, es una película errada, en la que ni la fotografía de Sven Nykvist, le da el suficiente peso - de todas maneras las copias no Criterion de este tipo de obras, no dejan apreciar mucho el trabajo visual-, así como el trabajo de arte y decorados, que se pierde en la bruma de una puesta en escena torpe y mal trabajada. De todas formas, vale la pena escribir sobre algunas secuencias, en la que el ojo del fotógrafo sueco, recoge lo mejor de la luz, las sombras y los primeros planos, principalmente las charlas entre la joven y la anciana.



Aunque en el apartado sonoro ganó un Cesar, -el Oscar  francés-, no logra transmitir ni la sensación de miedo o pesadilla, ni mucho menos el absurdo esperado; es decir, aunque hay que reconocerle que está bien diseñado el trabajo sonoro, no es satisfactorio - probablemente, uno está pensando en Lynch o hasta en las piezas musicales que escogía Tarkovski, pero acá no hay unidad.

Aún así, y aunque parecería que detesté la película por completo, hay muchas cosas para reconocerle: las secuencias en la cocina, el cerdo y el gigantesco vaso de leche - un gran homenaje a la Alicia de Carroll-, las charlas entre la anciana y su rata parlante, y una que otra paradoja propia del surrealismo y del mismo Buñuel; pero el problema es que esto en conjunto no cuadra, no encaja del todo, y se hace caótica, y un poco estúpida, como  en la secuencias de la guerra, los gritos de la actriz principal y la batalla entre los mellizos, que raya en lo ridículo.      


Creo, a final de cuentas, que fue una película que no envejeció con dignidad, y que su surrealismo se quedó corto, así como las actuaciones y principalmente, su puesta en escena, en la que ni Nykvist, ni la música de Tristán e Isolda, aumentan la calidad. 

Zoom in:  Mejor fotografía y sonido en los Premios Cesar

Montaje Paralelo:   Surrealismo 



18 jun. 2020

Reflexión Cinéfila: La tía Julia y el escribidor


Fotograma de Midnight in Paris de Woody Allen


Al despedirme esa noche le pregunté si podíamos ir al cine y me dijo que "eso sí". Habíamos ido a función de noche, desde entonces, casi a diario, y además de soportar una buena cantidad de melodramas mexicanos y argentinos, nos habíamos dado una considerable cantidad de besos. El cine se fue convirtiendo en pretexto; elegíamos lo más alejados de la casa de Armendariz (el Montecarlo, el Colina, el Marsano) para estar juntos más tiempo.  Dábamos largas caminatas después de la función, haciendo empanaditas (me había enseñado que cogerse de las manos se decía en Bolivia "hacer empanaditas"), zigzagueando por la calles vacías de Miraflores (nos soltábamos cada vez que aparecía un peatón o un auto), conversando sobre todas las cosas, mientras que - era esa estación mediocre que en Lima llaman invierno- la garúa nos iba humedeciendo. La tía Julia salía siempre, a almorzar o a tomar té, con sus numeroso pretendientes , pero me reservaba las noches. Íbamos al cine, en efecto, a sentarnos en las filas de atrás de la platea, donde (sobretodo   si la película era muy mala) podíamos besarnos sin estorbar a otros espectadores y sin que alguien nos reconociera.
                                                             La tía Julía y el escribidor de Mario Vargas Llosa  (pág. 94)