24 jul. 2018

100 años de Bergman*




“No quiero producir una obra de arte en la que el público pueda sentarse y succionar estéticamente… Quiero darles un golpe en la espina dorsal, quemar su indiferencia, sobresaltarlos hasta acabar con su autocomplacencia.” (1)

En la Cinemateca Distrital (Bogotá) en conjunto con la Embajada de Suecia se celebraron los 100 años del cineasta y autor Ingmar Bergman, siete largometrajes de su basta obra fueron seleccionadas, probablemente las mejor restauradas o de mayor calidad, ya que no hubo un eje temático o unión entre las mismas, para acercarse o reencontrase con el cineasta sueco, como decía en la charla inaugural Pedro Adrián Zuluaga, que tuvo como obra invitada a Fresas Salvajes, película que puede sintetizar ese universo bergmaniano de rostros detallados y miradas que evocan a la reflexión sobre el amor, la vida y la muerte, que además, casi como una paradoja del propio director, contó con la presencia de Victor Sjostrom, maestro y fuente de inspiración de lo que fue el cine de Bergman, como éste lo anotaba en su autobiografía La Linterna Mágica,  que Zuluaga leyó en unos pocos fragmentos para entender dicha relación.  Igualmente, no se dejaron de lado esos preceptos sobre almas torturadas, el silencio de dios y hombres religiosos sin fe, como indicó en varias ocasiones Zuluaga, ligando ésto con la capacidad del director para enfrentar esos demonios y complejidades a través de las imágenes en movimiento, los discursos que se preguntan el porqué del mundo y una delicada puesta en escena. Creo, con toda sinceridad, que iniciar con Fresas Salvajes, no sólo fue un acierto sino un preámbulo a una filmografía, que como indicaba el crítico méxicano Francico Sánchez: "Cada película de Ingmar Bergman es evidentemente un capítulo más de esa película única y total que forman todos sus filmes". (Sánchez, 1998).  Infortunadamente, no vimos la obra inaugural, sólo estuvimos en la charla - aunque ya hace un tiempo reseñamos Fresas Salvajes-, pero vale aclarar, que para quienes inician con Bergman, un largometraje como el citado anteriormente, no sólo es un gran apertura sino una síntesis de lo que es el cine del sueco.

En otro apartado, vale la pena señalar el éxito que tuvo este ciclo u homenaje, sala repleta en todas las funciones, largas filas de entrada, compras de boletas adelantadas y gente que no pudo entrar a varias películas, como lo fue en mi caso con Saraband y Persona, que sí bien ya las había visto, valía la pena repetirlas y analizarlas con un mejor contexto y entendimiento del cineasta nacido en Upsala. Aún así, como viene siendo habitual no cumplimos la meta de ver cuatro o cinco obras, pero con las dos que vimos, podemos hacer un análisis somero pero lo más honesto posible.

El séptimo Sello

Ambientada en plena época medieval y con la Peste Negra en los talones de los viajeros que regresan, como el caballero cruzado Antonius Block (Max Von Sydow), que presiente que su hora ha llegado, y al ver a la Muerte (Beng Ekerot), le propone un juego de ajedrez, imagen icónica del cine, inspirada en un mural de Albertus Pictor, que el mismo Bergman observó en su infancia en una iglesia medieval, como lo recuerda en el documental Bergman y el Cine (Nynerod, 2004). La comarca a la que llega Block y su escudero Jons (Gunnar Bjornstrand), apocada por la peste y el miedo, será el punto de partida de éstos y donde el cruzado se empezará a preguntar sobre el silencio de Dios, otro de los temas recurrentes en la filmografía del sueco. Por otra parte, una pareja de artistas ambulantes Mia y Josef (Bibi Andersson y Nils Poppe) con su pequeño hijo llegan a dicha comarca, y como en una paradoja del destino El cruzado, su escudero y otros personajes que se van sumando, se convertirán en los protectores de éstos, de la esperanza y un nuevo destino, albergado en los artistas, como un dulce e irónico homenaje.

En el camino de este recorrido, como si de una road movie espiritual se tratara nos acercamos a esas preguntas que el incrédulo Jons responde con ironía y el atormentado cruzado, empieza a darse cuenta de lo que realmente es la vida, un salto a la nada; en ese transcurso, que no es ajeno al amor, al humor y los brillantes diálogos escritos por el sueco, tanto las reflexiones de unos como de otros, y de la misma muerte, nos irán llevando a un doble destino, a la morada de Block donde su esposa lo ha esperado por años, como a un Odiseo Medieval,  al igual que la figura de la muerte, que de nuevo, en otra mítica imagen, Josef, el cómico y de mirada sobrenatural, verá a la muerte llevando a sus víctimas en una danza a su morada final.

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Gunnar Fischer, fue la luz en blanco y negro de las primeras obras de Bergman, un polifacético artista sueco, que además de la fotografía, ilustró libros infantiles, realizó cortometrajes, y de cierta forma, configuró ese estilo entre neorrealista y expresionista, evidente en el Séptimo Sello y que se fue perfeccionando hasta la llegada de Sven Nykvist, y sus primero planos. Aún así, Fisher, logra mostrar esos elementos visuales propios del universo bergmaniano, donde luces y sombras, estilizados primeros planos y luz natural, fueron protagonistas; sólo hay que ver el rostro de Von Sydow, en sus secuencias más dramáticas o reflexivas, las de la muerte o mejor las del actor Ekerot, o esos insertos, que en este caso parecen más naturalezas muertas, del tablero de ajedrez u otros detalles.

Volver a ver una película como El séptimo sello, con mayor madurez cinéfila, entendiendo mucho más la obra de Bergman, no sólo la hace mucho más interesante que la primera vez que la vi, sino que se empiezan a entender mejor los postulados filosóficos, culturales y estético de un director como Bergman, y ante todo su angustia frente a la muerte, la ausencia de dios pero a la vez la celebración de la vida y cierto halo de esperanza, que recae como escribía líneas más arriba en el arte o por lo menos, en quienes lo ponen en práctica. Obra maestra.

Un verano con Mónica 

La segunda y última obra que vi fue Un Verano con Mónica, película que no había visto - como muchas otras- de Bergman, que retrata las complejidades del primer amor, la hostilidad del trabajo, la ciudad y la libertad de la juventud representados en Harry Lund (Lars Ekborg) y Mónica (Harriet Anderson), quienes se escaparán por unas semanas a una isla remota- ya Bergman muestra su gusto por alejarse de la ciudad, como lo haría en Faro-, huyendo de sus obligaciones, padres, trabajos, viviendo, eso que la Nouvelle Vague llamaría años más tarde, un l´amor fou, un amor loco. El viaje, idílico de salida, donde los jóvenes conocerán las "mieles del amor", y sus primeros encuentros, tanto sexuales como personales se irán haciendo más tormentosos, y lo que en un principio fue idilio al regreso será "terror", no sólo con una Mónica embarazada sino con dos jóvenes que poco conocen de la vida. Este guión adaptado tanto por el escritor del libro Pers Anders Fogelstrom como por Bergman, es una mezcla de road movie, madurez y amor fugaz, como el verano, pero a la vez, un salto a la modernidad (visual y narrativa) que tanto puso en práctica el director sueco en los años 60 - y creo en toda su obra-, sin dejar de lado, que esa modernidad estuvo alimentada del realismo poético francés en forma y fondo, cabe resaltar esas secuencias - tiempo muertos- del desplazamiento del barco, idílico en su salida, abrumador y amenazante en la llegada con una ciudad "aterradora" de fondo - es la música la que mejor cumple su papel-, como la bella secuencia de los dos jóvenes bailando y abrazados en un muelle solitario - se me viene a la mente El Atalante de Vigo-, o esos expresivos primeros planos, que logran enfatizar en un fuera de campo, las sensaciones, de quienes fueron retratados por Gunnar Fisher, en este caso cuando Harry ve a su esposa con otro hombre, o la primera vez que ve a su bebé, igualmente, y de nuevo en el campo fotográfico, Fisher logra acentuar el transito hacía la madurez o el tedio, en las secuencias en las que los dos protagonistas, en el fondo del cuadro, desaparece la luz, y se alejan del mundo, connotando ese nuevo aíre, esa nueva sensación, sin necesidad de palabras, acciones sino en la luz que marca al rostro, y como decía Bergman: ".... la presencia del rostro humano es, ciertamente, la nobleza característica del filme. (Sánchez, 1998) 


   
Si bien la actuación de Ekborg es más que correcta, quien en definitiva se roba la pantalla es Harriet Anderson, no sólo por la sensualidad que se le imprime sino por su mismo papel, la de una jovencita soñadora, tosca y rebelde, que a los ojos enamorados de Harry, es la mujer perfecta pero al quedar embarazada y llegar la realidad de la vida, nos damos cuenta que sigue siendo la misma mujer soñadora, tosca y rebelde, pero ya no, la fórmula perfecta, del idilio del verano. Es en este punto donde Andersson como Bergman, logran su cometido. Una gran película, con unas secuencias inolvidables y que también muestran, ese otro rasgo del director sueco, que es llevar la vida en pareja a su versión más compleja, analítica y expresiva.


Referencias

La linterna Mágica. Ingmar Bergman
La comezón del séptimo arte. Francisco Sánchez
The Bergman Island. Documental. Marie Nynero
(1) “Cinema’s brooding auteur of the psyche” del Los Angeles Times, 31 de julio de 2007.
*La imagen, título y demás están tomados de la página oficial de la Cinemateca Ditsrital, y su uso es meramente comunicativo

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