19 feb. 2016

Cuento: Chinina Migone*



Recuerdo que al entrar en la sala, creí sentir que salía. Pero precisamente como esos días de ambiente tan cargado en que se sale a la calle y parece que se entra en algún sitio. Lo que noté fue, sin duda, que algo estaba allí trastornado, que algo alteraba y deprimía la atmósfera de modo insufrible. Yo entraba de puntillas, prevenido de antemano; ya en el vestíbulo me impusieron los chist... chist. Miraba porque, viendo, mi curiosidad esperaba satisfacerme; pero no vi más que un círculo silencioso rodeando al piano, negro lago donde Chinina, cisne, navegaba. Y no era esto suficiente explicación para lo que sentía. No era lo que se veía, sino algo difundido allí que se respiraba. El «aria» que escapaba de sus labios sobre todas las cabezas. El «aria» que secaba las bocas, que doblaba los cuellos de las mujeres al ser expirada por ella en su canto. El límpido clima musical que creara el preludio era entonces oprimido, sacudido por el soplo de aquel «aria». Se sentía a través de las notas, como en la voz del órgano el lento henchirse de su pulmón, que su garganta sorbía nuestra atmósfera hasta asfixiarnos, y después, cuando volvía de ella, llegaba ardiendo de allí donde se estaba fraguando la tormenta. Pasaba a veces, húmeda esperanza, un ligero olor de lágrimas; lo borraba un suspiro, tolvanera que se rizaba sobre nuestras frentes. Los ojos y las luces abrasados huían a esconderse en la umbría de los cortinones. Los hombres disimulaban su inquietud con la seca sonrisa de sus pecheras blancas. 

Todo ardía y temblaba; pero ¿quién como yo por aquel «aria» llegó a sentir tan violentas contracciones barométricas? ¡Ser hilo, algo leve que ella arrastrase y envolviese! ¡Ser lámina, donde su suave onda rebotase! Yo extendía mi alma para que cayese en ella lo que de un momento a otro iba a romperse. Pero qué suave lo dejó escapar; con su voz entornada, su cabeza inclinada, tapón de su cuello, cómo por la rendija se escapó el final. ¡Ánima mía! y no cayó, voló bajo las gotas del aplauso, se perdió entre el chaparrón su último aleteo. Entonces, entre la gente dispersada, corrí por el salón. Todos sentían el alivio de respirar con ritmo propio, libres ya del influjo que tramontaba en su recuerdo. Sólo yo, sin poder reponerme, buscaba las huellas de la pasada conmoción; sabía que en el salón algo tenía que haber quedado resentido por la descarga y me desolaba no encontrar fuera de mí señales de devastación. Pero Chinina buscaba igualmente. Ella, emisora, temblaba aún sobre su tallo. Vibración de copa finísima que sólo siente quien la tiene en la mano. ¡Me esperaba! El vals brotó oportuno para encubrir nuestro impensado abrazo. 

Mi mano en su cintura, me asomé a respirar su alma volátil, tan cerca siempre del entreabierto escape. Tan absorbida, tan descuajada de su ser se sentía, que, defendiéndose, escondía su frente entre mi barba. Yo la veía semioculta como la luna entre los cedros. 

La vi así tanto tiempo. Un año o dos pasaron en eso Mi pasión cohibida se petrificaba en aquella actitud. Asomarme a ella, absorto en absorberla. Custodiar, inmovilizar su ser ligero, hacerla pender de mí como la casa del cielo, por su humo. Lo que más de ella quería escapar era lo que yo sujetaba. Mi mirada se enlazaba a la suya aprisionándola, arrancando de todo lo circundante las mínimas divergencias que me mermasen su posesión. 

Ni después cuando la tuve conmigo encontré nunca bastante fuerte muralla de insociabilidad para esconderla. Sentía que nos acechaba la banal codicia de la gente. Todos me decían: la tienes ahogada, la estás matando. Pero yo la sacaba de sus límites para darla mi espacio. Y se filtraban en nuestra casa torvas embajadas del mundo que nos dejaban con disimulo explosivas insidias. Me huían, me sorteaban para llegar cuando ella no estuviese defendida. Pero yo aprendía a llevarme la llave y a entrar como un ladrón para sorprender a los que me robaban. Así sorprendí a las tres rapaces. La habían seducido, y abierto el piano, seis manos forzaban las notas, dos en el teclado y dos en cada brazo de ella. La casa estaba llena; desde la puerta su presión me impedía avanzar. Pensé en abalanzarme a extinguir el foco y temí no llegar con vida. Pero ciego, ya iba atravesándolas. Antes que yo, llegó mi grito ¡Chinina! y los tres pajarracos saltaron, revolotearon espantados. Chinina en cambio, junto al piano, quieta con él, como dos niños acusados: él con la boca abierta y ella cerrada. ¡Tanto ... ! Nada más infranqueable que la línea en que sus labios se apretaban. Yo vi que no era de allí de donde podría volver a escaparse un leve soplo de lo que contenían. Pero algo pugnaba dentro por forzarlos, algo interiormente impulsado, algo ya desplazado que tenía que difundirse fatalmente pródigo. Mi voz como una mano dura había cerrado su boca en el momento en que subía a ella la frase sagrada y se agolpaba el divino fluido, se cuajaba en los resquicios de los lagrimales, sin que los párpados pudiesen tragarlo. Por entre ellas -pisoteé sus gritos y sus protestas- llegué a tapar con mis labios los ojos que no podían cerrarse. Ellas hubieran querido tener que defenderla y su despecho se disfrazaba de escándalo. Hasta lo último mi mirada las persiguió, maldiciéndolas. 

Después, qué combate en Chinina, qué convalecencia la suya de aquella lucha. Frágil como nunca, temblaba de miedo de perder su secreto, y de impaciencia. Sólo se vio calmada al dar la vida a nuestra hijita. Aquel definitivo desprendimiento la fortificó al dejar en sus manos lo que escapaba de ella. 

Nuestra hija templó el diálogo febril, fue el apacible punto de excursión adonde escapábamos de nosotros mismos. Fue aire, ventana que ventiló nuestra interioridad, sin el áspero contraste de lo externo. Renovó nuestra atmósfera con nuestro propio aliento. Ella, midiéndole, aligeró nuestro tiempo. El tiempo sin tiempo de nuestras miradas se fragmentó al desenlazarlas para abarcar a ella. Y pasó insensible en ese juego de mirar a una y mirar a otra, diez años. Entonces, mi juego también fue cambiar de una a otra cabeza la rubia peina que habitaba en el pelo de Chinina. La arrancaba de allí, clara flor de su oscura mata de pelo, y, al transplantarla, se escurría a lo largo de los bucles, sueltos. Sólo se prendía en la fosca copa arbórea de Chinina; allí brillaba, destacaba, como alegre expansión interrumpiendo el grave silencio. 

Que éste fuera la más directa herencia de nuestra hija era lo único que nos abrumaba. Porque en Chinina, el silencio era como oscuro abrigo donde su ameno y risueño cuerpo se envolvía. Chinina, que era toda notas, se contenía en su silencio como en el vidrio el aroma. Pero los dos temblábamos por nuestra hija, viéndola prescindir de su palabra. Temíamos que se anulase algo en ella, como un miembro que no se usa. La interrogábamos continuamente, para convencernos de que aún sonaba su voz. Y ella nos contestaba asomándose desde su silencio, donde la veíamos discurrir, como un pez en su medio. Lo que nunca pudimos imaginar es que fuera de ella pudiese haber algo donde encontrase continuado su elemento. Creíamos que era preciso distraerla; pero ella atraía, concentraba todo, y cuanto más contacto con las cosas tenía, más denso se hacía su silencio, poblado de algo, sin duda, de lo que ella se alimentaba. Cuántas noches abandonaba en la mesa su cubierto con impaciencia, como si la esperase una urgente tarea nocturna, y aunque tenía el sello inconfundible del insomnio, no se quejaba de él, no habiendo en el suyo, como en todo desvelo infantil, la asechanza del miedo. Seguros de que tampoco padecía precoces inquietudes de muchacha, nos aterraba sentir que el verdadero carácter de sus cavilaciones era el de la fría meditación de un sabio. Chinina decía siempre: ¿qué puede saber ella, qué puede haber oído que la hace pensar tanto? Y ella no había oído nada. Esto fue; no había oído nada, porque Chinina no decía nada. Pero era. Así tenía una noción de todo, tan profunda, tan directa, sin una fórmula interpuesta entre ella y el ser, sino al contrario, con la enorme lente de nuestra trascendencia ante todo secreto. Ella recorría todas nuestras estancias oscuras, con la seguridad que el pequeño búho sigue el vuelo de sus padres. 

Tropezamos con su secreto y lo dejamos escapar por no querer creerlo. Ella no había pensado en confesarlo; se había acomodado al más peligroso paraje. Se escapaba al silencio y allí jugaba y se nos escabullía, terreno inaccesible a la vigilancia. Era como un jardín donde la buscábamos y nos perdíamos en sus encrucijadas; pero, al encontrarla, todo desaparecía, para que no pudiése­mos saber de dónde venía, por qué caminos había correteado. Su alma, irremediablemente, se iba haciendo sombra, o, más bien, luz dentro de la sombra. Nuestra ciudad, al mismo tiempo, se llenaba de aquellos pálidos acuarios, que eran como agujeros en la vida, no a la mansión de la ánimas, dulces, disecadas flores de preté­rito, sino al hervidero de las imágenes, de todo lo bullente, de todo lo que en silencio fraguaba su vitalidad, para un día saltar e invadirnos. Y la dejábamos acercarse a ellos, porque en un principio no parecían temibles. La barraca atraía con su alegre órgano, y era tentador entrar a ver el nuevo invento. La ciencia moderna tenía allí su guarida de hechicera. No pudimos defenderla. Cuando la sacábamos de su mundo al nuestro, después de una pesca tenaz, la encontrábamos inadaptada y la soltábamos otra vez, por no anularla, por no verla deshacerse con nuestro contacto. Entonces nuestro tormento fue un complejo de rencor y de esperanza, como debe ser en los que creen que sus muertos les siguen por la sombra, y viven escarbando en ella con los ojos. Esperar de la fuerza que nos la robaba, humildemente, suplicantes y no atrevernos a abominar, porque sólo en ello veíamos posible su realización. Prometida a un destino que odiábamos, el vestido nuevo, la línea con que señalábamos en la pared su estatura el día de su cumpleaños, llegaron a ser puntos restados a nuestra propiedad. Durante años miramos el tiempo, sabiendo que en determinado momento se arrojaría en su corriente y no nos quedaría más que la clemencia de los dioses. 

Cuando, por fin, la vimos aparecer en la pantalla, sentimos que sólo dejando nuestras vidas podríamos seguirla. Y la teníamos entre nosotros, apretábamos sus manos; pero ella las había abandonado, las olvidaba, hasta hacernos pensar si su calor sería sólo el reflejo de las nuestras y habría volado su alma con todo su dinamismo a aquel espectro que se proyectaba por encima de nosotros, lejos, fuera de nuestro tiempo, aunque veíamos su principio. Como en esa escalera que tanto se sueña doblándose en perfecto zig zag sobre ella misma, y en la que cada tramo arranca del siguiente y le sirve de techo escalonado por la cara inaccesible. Su plano estaba regido por una ley de equilibrio imposible en el nuestro, y era inútil intentar el riesgo. Cuántas veces pensé que era falta de mi decisión aquella distancia y creí sentir el aliento preciso para ir a buscarla; pero me faltaba guía, no me servía de nada toda la ciencia topográfica que ha delimitado una laguna y ciertos círculos, con sus ángeles guardianes y sus letreros indicadores; fácil camino hacia as sombras, en el que al avanzar se las va hallando menos temibles, purgadas, esterilizadas, dispuestas a hacernos sitio en el gran banco del pasado, a incluirnos en él con cortés acogida. En cambio, ¡cómo forzar la puerta! Su silencio defendía la labor de su alma como la puerta de la cabina aísla al operador. Algo dentro se movía, maniobraba con luz. Un gesto a veces, una actitud de su mano, era una rendija luminosa; pero, para mirar al foco, era preci­so volver la espalda a la proyección; así, para verla centrífuga, proyectada siempre lejos de sí misma, era preciso no mirarla. Acaso su mirada era lo que nos hacía huir, salvar nuestro cuerpo como ante una avalancha. Inútil intentar entrar por la puerta de donde todo sale. Con terminante crueldad se nos aislaba, se nos incomunicaba con gesto definitivo. Poco a poco nos recluimos otra vez, nos sostuvimos uno en otro. Nuestras mentes repasaron la fidelidad mutua, como una superficie impecable, sin un obstáculo en su continuidad. Hubiera sido imposible en aquella clara ruta nuestra semejante extravío, ¿a qué abismo no hubiera yo bajado por Chinina?, ya que si ella hubiese llegado a escapar no hubiera ido más allá de donde yo pudiese ir a buscarla. Nos refugiamos en el rememorar, deteniéndonos en nuestras consonancias, deleitándonos en nuestro recinto, del que nuestra hija mergía como caprichoso remate irregular; como ese moño arbitrario con que el arte barroco termina sus conjuntos, que es algo así como ramas arrancadas de todos los ritmos, reunidas en ramo empenachado sin solución de continuidad. Así ella parecía haber rebuscado en nuestra estética y haber aglomerado en el ramo informulable de su mímica las genialidades de su elección. A veces, creíamos llegar a descifrar equivalencias con las que esperábamos componer una clave; pero todo cambiaba con demasiada velocidad para nuestra atención. Veíamos la vida volcándose en la pantalla, y las imágenes caían por el chorro de luz saltando estrelladas como pompas. Nunca pudimos distinguir el juego de la lucha. A un tiempo llovían las más desgarradas muecas y las más plácidas risas. El cielo culebreaba de balas como cohetes, que hacían de la noche verbena de explosiones. A veces se cortaba la cinta, y un momento de silencio ciego era como una irrupción de la muerte. Al reanudarse, corrían primaverales arroyos de lágrimas que se secaban con los rayos de su propio brillo. Pasaron las más increíbles, las más disformes fisonomías de años, como jamás quisiéramos haberlas visto. Nuestros ojos se mancharon de su tragedia indeleblemente, para que no olvidemos jamás nuestra culpabilidad de testigos. De tal modo nuestras almas fueron turbadas por ellas que rehusaban después todo naciente optimismo, temían que cesase el vértigo y fuera preciso enfrontar su recuerdo. Y así fue. El turbión empezó a remansarse en cauces definidos y el descenso de la temperatura produjo un brusco deshojarse de todo. Se hicieron visibles los esqueletos, y aun sobre estos mismos se precipitaron los podadores. Fue una feroz manía de cortar, de rematar lo muerto, como dudando de la eficacia de la Definitiva. Hasta lo viviente empezó a expandirse con mesura. En el parco vocabulario de nuestra hija, la palabra forma perdió su plural. Ante su espejo fue recortando hasta dejar en un puro esquema su indumento, y hubiera recortado toda sinuosidad de su cuerpo como exceso inadaptable a la forma preconcebida. De la pantalla empezó a huir el paisaje; las perspectivas quedaron encerradas en los duros trazados urbanos. Sentimos algo, como el terror de la guillotina, cuando supimos que ya nunca la nueva estética consentiría que ondease en el fondo de un film la blanda cabellera del Vesubio. Y yo afrontaba aquellas inevitables privaciones; pero Chinina se resentía de ellas. Aunque la engañaba con falsa esperanza, la amargura se condensaba en su corazón cuando veía que nuestra hija miraba con desprecio aquel desenvolvimiento suyo que la acercaba a la madre. La tristeza llegó a tener en su cara, como en la de Niobé, la expresión de cien dolores superpuestos. Cada decisión de nuestra hija la mataba una hija. 

Temíamos de ella y por ella. El día decisivo, al sentir como a diario el portazo de su marcha, nuestro temor no se fue con ella, sino al contrario, se concentró en nosotros presintiendo que estaba muy cerca la amenaza. En su cuarto se sentía la presencia sin aliento de algo muerto; pero sin sangre, el grito no escapaba, falto de su incitación. En el cajón, desparramados como monedas incontables, se anillaban sus cabellos cortados. 
Tan imposible como volver a atarlos fue sujetar las mil arterias sentimentales por donde el alma de Chinina se disipaba. En sus lágrimas, inevitablemente, se escapó el último jugo de su vida. No pude contener la herida, huía de sí misma por todas sus raíces. Su cuerpo se endureció entre mis brazos, como un ramaje exhausto, definitivamente desangrado. 
Ahora busco a mi hija, con mi rencor y mi ternura; porque ¿dónde sino en ella puedo ponerlos? Pero de tanto encontrarla ya no la conozco. Sus piernas suben ante mí cien veces a los estribos; todos los estudiantes llevan su bufanda, y la música que ella silbaba suena en todas las calles. Al acercarse su imagen, el odio grita en mi alma su alerta, y cuando pasa, mi corazón querría irse con ella. Pero no le dejo, y como un perro se ahorca en su cadena.

Rosa Chacel

*Tomado de: http://bvh-textos.blogspot.com.co/2010/12/chinina-migone-cuento-rosa-chacel.html

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