5 abr. 2015

Diario de una camarera: Retrato de la decandencia

                               
                                 "Los sirvientes no somos unos rebeldes en potencia, 
                               dispuestos a aniquilar a nuestros amos...."


Qué se puede escribir acerca de "Don Luis", de ese hito de la cinematografía española, francesa y mexicana, llena de fetichismo, ironía y anarquismo, donde la originalidad no sólo impregnaba los guiones sino la misma imagen y la esencia de lo que ocurría en esos momentos. Buñuel, además de ser un gran cineasta, fue un excelente crítico de su generación, de la burguesía y sociedad, que veía no sólo con recelo sino con un fuerte pesimismo, que muchas veces se reflejó en sus obras de forma directa o indirectamente, en esta última, donde logró frases o escenas que además de inteligentes se saltaron a la censura o describieron lo que estaba pasando en ciertos lugares como lo fue el caso de Los Olvidados o Viridiana, -por nombrar algunas-.

En este punto nos corresponde escribir sobre la etapa francesa del director español, o mejor, su reentrada a la cinematografía de este país, con Diario de una Camarera, película que inicia no sólo este periodo, sino la colaboración con Jean- Claude Carriére, guionista y amigo del cineasta, además de su trabajo con el productor Serge Silberman, quien en cierta forma le dio toda la libertad a Buñuel, para crear sus obras más representativas - las de sus últimos años-  y mejor aceptadas por el público.


Esta adaptación de la novela homónima de Octave Mirneau, co-escrita por Buñuel y Carriére, nos cuenta la vida de Célestine, una camarera venida de París que llega a trabajar a una aristocrática casa rural, donde observará la decadencia no sólo de esta familia y sino de la sociedad europea de los años 30.

Una joven camarera (Jeanne Moreau), llega a un pequeño pueblo ubicado al noreste de Francia (Normandia), en donde trabajará para la familia Monteil, aristocracia rural, excéntrica y ajena a los patrones comunes, encabezada por el patriarca, un anciano fetichista; su hija, una frígida y déspota mujer que lleva la casa; el esposo de ésta, un incansable y apasionado hombre al que sólo le interesan la caza y seducir a las empleadas. La vida de Célestine, la camarera, no sólo sorteará las complejidades de esta familia, sino las disputas con los vecinos, otros empleados, principalmente Joseph (George Geret), el fiel empleado, nacionalista, ultracatólico, quien guarda un oscuro secreto, y la monotonía que se respira en esta mansión; sin embargo, con el asesinato y violación de una chiquilla, conocida de la familia, no sólo empezará a sentirse un miedo dentro de la comunidad sino una sensación de sospecha y desazón en la misma Célestine.

Novela y película, además de guardar la esencia de los personajes, también marca esa sensación de mezquindad, doble moral de cada época, y ante todo esa sensación de miedo pero a la vez de conformidad, de la llegada al poder del fascismo o latente guerra.


  
Con la fotografía de Roger Fellous, un inagotable trabajador de la imagen, que tuvo a su cargo más de un centenar de películas,  quien diseñó esta puesta en escena lumínica en blanco y negro, de tonos marcados, contrastados pero sutiles en los rostros, principalmente en el de Jeanne Moreau y sus acciones.  

Como en la mayor parte del trabajo de Buñuel, tanto montaje como música, son casi imperceptibles, pero aún así son esenciales para marcar los condicionamientos del director español, quien igual interviene en los dos casos. Mucho más notable, es el trabajo en el diseño de Producción de Georges Wakhévitch, quien no sólo nos acerca a la época sino al ambiente sobrio pero que en el fondo es tan turbio como los pensamientos de los personajes.

La película está sustentada por la actuación de Moreau, su frialdad y delicadeza, son los puntos más fuertes de esta obra, que se complementa por una serie de actores como Michel Picolli, el anciano fetichista y George Geret, el antisemita y cruel empleado, del que se enamora la joven sirvienta. Sin embargo, es Moreau la que se lleva todo el peso dramático - a pesar de su frialdad- y la que tiene la mayor progresión dentro de las acciones y la misma narrativa, mostrando toda su capacidad tanto para la humildad que demuestra en un principio hasta asumir el mismo papel vehemente y fuerte que termina asumiendo, sin olvidar lo inquietante de sus acciones, y de cómo esta camarera  se termina transformando en un resumen gráfico de lo que fue esa época.

Vale la pena destacar el papel que realiza Jean -Claude Carriére, -el guionista-, interpretando al cura del pueblo, no sólo por la actuación, sino por lo que significa dentro de la historia, la castración moral de esa década, de esa religión y a la vez la mezquindad de este hombre tan cercano al asesino y a la frigidez de la matrona. 


Aunque es la película que menos me ha gustado de Buñuel, y donde el accionar de los personajes, principalmente el de Moreau, no tiene gran validez - para mí- dentro de la narrativa, igualmente la película está configurada por los simbolismos, gustos y esencias del trabajo del director español; sin olvidar, que es una crítica muy obvia a la aristocracia, la religión y la doble moral de la sociedad europea;  como es habitual, tiene esas excelentes resoluciones y la capacidad de sintetizar por parte de este director - el asesinato en fuera de campo, de la pequeña niña, y la alegoría de la víctima/inocencia, con los animales que está cerca a ésta, son más logrados-, que nos muestra la decadencia de una época que iba camino a ese gran desastre que subió al poder europeo a mediados de los años 30, y que en definitiva estaba marcado por cada uno de los personajes que aparecen en esta obra, desde el antisemitismo de Joseph hasta la lucha de poder de la misma camarera. 

Eso sí, obra maestra como la mayor parte del trabajo del español, que se puede enlazar con la Cinta Blanca de Haneke, y que tiene todos esos elementos que hicieron fundamental el cine de Luis Buñuel.

Zoom in:  En la escena final se grita “Viva Chiappe”. Esta broma privada de Buñuel recordaba al jefe de policía de París que prohibió en los lejanos años treinta la exhibición de La edad de oro en los cines galos. 

Montaje Paralelo: La cinta blanca (2009) - Fascismo


  

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