11 oct. 2014

13 Festival de Cine Francés: Madame De


                                              "Cuanto más se ama más se sufre."
                                                                              Henry F. Amiel

Cuarta y última película que tuve oportunidad de ver en el Festival de cine francés de este año; y en este ocasión la primera obra que veo del cineasta alemán nacionalizado francés Max Ophuls; considerado para la Nouvelle Vague y gran parte de la crítica (mucho más ahora que en su propia época) como uno de los más importantes y prolíficos directores europeos, que supo imprimir en su obra, una inigualable elegancia tanto en los personajes como en la misma puesta en escena, destacando la fotografía y cámara (formal como técnicamente), elementos que influyeron en directores como Stanley Kubrick o de P.T Anderson, y en general para el cine por sus notables y elaboradas concepciones de lo cinematográfico.

Este cineasta que venía del mundo del teatro, no sólo construyó -en su corta vida- un interesante imaginario de las clases altas europeas sino que le dio gran protagonismo a la mujer, sus puntos de vista y pensamientos hicieron parte de la obra de este director, que veía en el movimiento y musicalidad la gran base de su trabajo.



Escrita a varias manos por el propio Ophuls junto a Marcel Achard y Annete Wademant, basándose en la novela homónima de Louis Vilmorin, la cual nos cuenta la historia de una condesa, que urgida por la necesidad de dinero para cubrir ciertos gastos, venderá una joya - unos pendientes-, que se convertirá en el elemento narrativo de este largometraje; las indiscreciones del joyero, las necesidades del General y las mentiras de la mujer, darán no sólo varios giros en la trama - en cierta forma ciclíca- sino que nos mostrarán la esencia de un amor, cuando la joya caiga a manos de un diplomático italiano y éste conozca a la condensa.

La película inicia con un plano donde la opulencia y elegancia son los protagonistas junto a la bella Danielle Darrieux quien interpreta a Louise, una condesa casada con el General André (Charles Boyer), su lujoso estilo de vida, la llevará a vender unos pendientes para pagar deudas, el mismo joyero que se las vendió a su esposo será el encargado no sólo de comprarlas sino además quien le diga al propio general sobre qué ha pasado con estas joyas y la razón por las que su esposa las ha vendido; en este punto veremos las complejidades y superficialidad de la relación entre estos personajes; sin embargo esta rutina se verá afectada cuando un diplomático italiano, interpretado por Vitorrio de Sica (el director italiano) entre en la vida de éstos, principalmente al enamorarse de Louise; el tono de la película y la aparente frivolidad de ésta se irá transformando en todo un ejemplo de dramatismo que encaran a la perfección tanto Darrieux como de Sica, en esa genial secuencia/elipsis de baile donde esta pareja se enamora, y en otras tantas donde destaca la maestría de Ophuls.




La estupenda puesta en escena destaca tanto por su sobria pero lograda fotografía en blanco y negro por parte de Christian Matras, - del que ya habíamos escrito en la Gran Ilusión-, del soberbio trabajo en la dirección de arte por parte de George Annekov y Rosine Delamare, principalmente el vestuario que estuvo nominado a los Oscar de ese año; al gran trabajo de cámaras, al montaje de Boris Lewyn y música de Oscar Straus y Georges Van Parys, que en conjunto saben retratar esa época denominada como la Belle Epoque hacía finales del siglo XIX; época que fue del gusto y en cierta forma, como parte de la misma estructura del cine de Max Ophuls.

Un trabajo que tanto técnica como artistíscamente destaca, no sólo por sus cualidades sino por el mismo discurso (narrativo y cinematográfico) que hay detrás de la superficialidad de la época y personajes, de los sentimientos y de lo que se estaba viviendo en ese instante.



Pero son las excelentes actuaciones las que mejor conforman todo este entramado donde el drama, la elegancia de una época, el amor y la desazón de éste se reflejan en estos tres personajes, sobre todo en esta mujer de una vida superficial y vacía, que en el amor se va a reencontrar con su propias cualidades, con lo mejor de su ser, y esto se va a revelar a través de una escena, la concebida en la iglesia, que vemos al inicio del metraje y se repite casi al final de éste, donde vemos la transformación de la condesa.  

El histrionismo, la elegancia están perfectamente marcados por las actuaciones de Boyer, de Sica y ante todo, de la bella Danielle Darrieux, quien es la que lleva todo el peso dramático y los sentimientos del largometraje.



Una obra maestra del cine francés, que a partir de un elemento tan simple como un par de pendientes, se termina traduciendo en toda una muestra de la sociedad aristocrática y burguesa de la Belle Epoque y un retrato sobre el amor y sus consecuencias, todo, bajo la mirada perfeccionista y delicada de Max Ophuls.

A pesar de ser la primera película que veo de este director, conocía su estilo por ciertos escritos y referencias, pero en definitiva es un trabajo primordial que como la calificaban ciertos críticos como: "la película más perfecta jamás realizada" (Andrew Sarris) o "una obra maestra de culto que cada día se hace más conocida" (Molly Haskel), que sin embargo puede pecar de reiterativa y superficial, así sea la intención primordial del cineasta nacionalizado francés; eso sí, es absolutamente perfecta visualmente y tiene grandes elementos cinematográficos.

Obra maestra por donde se le mire pero imperfecta o demasiado ceñida a un estilo como el de Ophuls; de todas formas, un trabajo más que recomendable y un verdadero placer visual.

Zoom in: Aunque para Ophuls era difícil dirigir a de Sica, ya que lo consideraba un maestro, la amistad que surgió entre ellos, hizo más llevadero el trabajo.
Segunda colaboración entre Danielle Darrieux y Charles Boyer con Ophuls.

Montaje Paralelo: Romanze in moll (1943)

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