6 feb. 2014

Holy Motors: La multiplicidad de Lavant

                             

                               "Ningún gran artista ve las cosas como son en realidad;
                                si lo hiciera, dejaría de ser artista."

                                                                                                        Oscar Wilde  

Dentro de la programación de lo mejor del 2103, en la Cinemateca Distrital, escogimos la última película del francés Leos Carax, Holy Motors, la gran ganadora del Festival de Sitges, y, así mismo una de las películas más controvertidas en su percepción por parte de la crítica, del público entre otros, quienes celebraron su creatividad u odiaron su enrevesado planteamiento cinematográfico.

Leos Carax, anagrama de su nombre de pila Alex Oscar Dupont, es un director con un universo propio, que usa como gran referente los inicios del cine y la estructura de éste, para concebir sus películas alejadas de convenciones, parámetros narrativos o estéticos, que finalmente toma de su propia experiencia como crítico de cine.

Carax, otro "enfant terrible" de la cinematografía gala, considerado por algunos como un innovador y para otros un embaucador; pero finalmente un director que crea universos fílmicos llenos de homenajes tanto al propio cine como a otros directores, y que no es indiferente a la crítica, festivales y a los mismos espectadores.   


Holy Motors es un engaño, un disfraz cinematográfico y homenaje superlativo al cine en el amplio sentido de la palabra, metalingüístico, "cine dentro del cine" escrito por el propio Carax, quien no sólo le imprime su huella personal, sino que lleva al límite el concepto de creatividad e independencia.

El francés se la juega por una serie de "sketchs" unidos por la figura de su actor fetiche Denis Lavant, quien interpreta una serie de personajes, haciendo referencia a pequeños mundos cinematográficos, a interpretaciones sin cámara; en las que Lavant revela el oficio del actor (actuar), de la percepción del cine como una realidad que se vive en la cabeza del director, en este caso una deformada realidad que se plantea y cuestiona qué es el cine, y la credibilidad de éste,  finalmente es, una reflexión, -con el absurdo como narración-, sobre la vida - o los que viven del -con, por, para - el cine.

La película, concebida como una suerte de "entreactos" o intertextualidad de cómo se confecciona una estructura narrativa o proceso argumental, que pone a Lavant (Llamado Sr. Oscar) en las más diversas acciones o performances conocidas como "citas", en las que éste se irá apropiando de variables personalidades, maquillaje, vestuario y vida(s) en ese camerino móvil, que es una limosona blanca, y casi que el centro de operación del personaje de Lavant -muy parecido a la limosina de Cosmopolis-.
 

La fotografía de Yves Cape y Caroline Champetier, donde destaca principalmente los claroscuros, contrastes, forzando el granulado de la película, también asume ciertos rasgos de famosas pinturas (la más notoria La Piedad) y clásicos del cine; no es una fotografía preciosista o embellecedora, es más bien, una fotografía que termina asumiendo la personalidad de los personajes que encarna Lavant, del ambiente mismo, que se diluye entre lo tétrico, lo ordinario y lo dramatúrgico de este cóctel que vira del surrealismo más buñuelesco hasta el demencial  mundo de M. Merde (personaje icónico del cine de Carax).

Además de ese intermedio, paréntesis, entreacto musical en la que el propio Lavant toca el acordeón junto a una banda de músicos y como fondo una iglesia, es Neil Hannon el encargado de componer la banda sonora.


Esta película que en su apertura tiene al propio Carax, como personaje principal, el cual abre las puertas al mundo de Holy Motors, ingresando a una sala de cine, de espectadores observando a otros espectadores, a un mundo de ensueño, a la magia del cine o la pesadilla de ésta, una secuencia más que diciente sobre el propio director, sobre la misma película, que inserta imágenes del precine, de los inicios de éste, de esos estudios en movimiento de Jules Marey, incitándonos a reconocer que el cine es más que narrativa, que una cuestión aristotélica, y que su impacto nace de esa realidad a 24 cuadros por segundo, por citar a otro francés que desestructura la linealidad cinematográfica.  



Aunque puedo decir que francamente el cine de Carax no es de mi gusto, con Holy Motors, uno se encuentra una agradable sorpresa, no sólo por sus narración, absurdo y juego metalingüístico, sino por su independencia como relato cinematográfico, por su abuso de lo hiperbólico, simbólico y reflexión sobre el cine, la creación, y ese engaño que se pone en una pantalla hecha no sólo de sueños sino de un material antireflexivo que absorbe nuestras culpas, gustos y pensamientos; y que, como en 8 y medio de Fellini, solo la creatividad abre el camino para finalizar o crear una película.

Zoom in: Nominada a varios premios en Festivales europeos, la gran ganadora de Sitges 

Montaje Paralelo: 8 1/2 (1963) -Takeshis (2005)


4 comentarios:

  1. Lo cierto es que me decidí a ver esta película esperando que no me gustara y también me encontré con una agradable sorpresa. La película me gustó. Viendo sus imágenes sacadas de contexto es una película extraña pero luego cuenta una historia que a mi me ha enganchado.
    Saludos.

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    1. Si realmente es muy interesante la película, y cómo la plantea Carax ----el texto está medio confuso, por que no lo había revisado, y ya lo revisé y sigue igual de confuso, pero por lo menos mejor redactado :) -----, y si es verdad tiene esa gran virtud que a pesar de su complejidad, engancha con cierta facilidad .un saludo

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  2. La clave esta en que siendo muy compleja y dificil por momentos, se deja entender a ratos muy satisfactorios.

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    1. Si es verdad, puede ser algo confusa, pero finalmente está muy bien planificada, un saludo

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